acompañamiento haptonómico pre- y postnatal

Acompañamiento haptonómico pre- y postnatal de los padres y de su(s) hijo(s)


Este acompañamiento favorece el desarrollo de la relación afectiva, activa, entre la madre, el padre  y el niño.
Su proyecto es pues más amplio que una preparación para el parto que sin embargo está incluida. Ayuda a la instauración y al desarrollo del sentimiento de parentalidad. Solicita la participación relacional del niño desde la concepción, en el regazo materno. La haptonomía llama "regazo" al "nido afectivo" formado por el útero, el periné, el diafragma torácico y los músculos abdominales que funcionan como un conjunto cuando la madre está en contacto afectivo con su hijo. Conducido en un ambiente de seguridad, de ternura y de confianza, el acompañamiento se prosigue tras el nacimiento, hasta la adquisición de la marcha, etapa esencial de la autonomía. La calidad relacional afectiva que se establece entre los padres y su hijo se revela preventiva de los disturbios del «llegar a ser uno mismo».

Este acompañamiento proporciona a las parejas una profundización de su relación y modifica profundamente la vivencia de los padres y del niño durante el embarazo. Constituye también una ayuda preciosa en los embarazos patológicos, tanto los que revelan una problemática psicoafectiva, o que precisen una atención medicalizada.
El acompañamiento haptonómico se reserva en principio a las parejas. Pero si el padre está definitivamente ausente, el acompañante ayudará a la mujer a encontrar una persona próxima que le prestará asistencia durante las sesiones y en el momento del parto. (Cf. párrafo: Cuando no hay pareja parental).
Este acompañamiento permite vivir una relación de ternura cuando el niño todavía está en el regazo de su madre. Comporta siempre una dimensión de felicidad. Es recomendable empezarlo lo antes posible en el embarazo.

Favorece igualmente la acogida del recién nacido en el momento del parto y tras éste. Muy pronto el niño adquiere una seguridad de base que le invita a la autonomía, a la comunicación y a la confianza. Estos lazos tienen una influencia sobre su desarrollo posterior.

La relación afectiva que se establece durante este acompañamiento entre el padre, la madre y el niño favorece el desarrollo del sentimiento de parentalidad compartido, de responsabilidad afectiva vivida conjuntamente. Los padres descubren que pueden sostenerse el uno al otro y sostener al hijo durante su desarrollo físico, psíquico y afectivo, a la vez que le dan una plaza propia, y esto, mucho antes del nacimiento. Ellos le invitan a tomar la iniciativa en el reencuentro. De esta forma ya se instauran las bases de una relación: ésta comporta una dimensión educativa, orientada hacia la autonomía, que a su vez es favorecida por la seguridad afectiva. El niño, desde su vida prenatal, está integrado en una vida de intercambios, no solamente con su madre y su padre, sino también con los que le rodean. Esto pone las bases de su apertura a una vida social en la que cada uno encuentra su sitio, sea cual sea la edad y da todo su valor al respeto mutuo.
 

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